
Basta con sentarse en alguna de las oquedades horadadas
sobre la roca para darse cuenta de porqué a
Felipe II se gustaba subir hasta allí para
contemplar el desarrollo de las obras del grandioso
Monasterio. Y es que la vista del valle y del propio
edificio son espléndidas. Aunque hoy es la
silla el objeto principal de nuestra escapada, no
está de más señalar que después
de contemplar el palacio desde las rocas se llega
al convencimiento de que la visita al complejo Real
no está completa sin la panorámica
desde el otro lado del valle.
El ascenso es más que cómodo, pues se puede
llegar en coche hasta el mismo pie de las rocas que acogen
la supuesta silla donde el rey se sentaba a contemplar
la evolución de la monumental construcción
iniciada en 1563 y que no concluyó hasta 1584.
Ascenso apto para gente mayor y niños.
El panorama es, sin lugar a dudas, el principal atractivo
de lugar, pero no el único. Además del
merendero que ofrece unas mesas donde tomar algo en medio
del bosque, la silla es lugar de partida de varias sendas
muy accesibles que, además, ofrecen otras vistas
más que atractivas de la sierra madrileña.
El único pero –acaso hay algún lugar
de interés que no los tenga- es la afluencia masiva
de público. No es sólo que resulte complicado
encontrar un lugar donde aparcar el coche sin taponar
el acceso, sino que muchas veces la propia silla parece
el autobús número 27 de la EMT en plena
hora punta. Que se olvide de ir quien espera unos segundos
de plenitud contemplando la vista del Monasterio en silencio.
Entre las ventajas hay que contar la proximidad a San
Lorenzo, que permite visitar el Monasterio y la silla
en la misma tarde sin prisas, y que está a un
paseo de Pozuelo; poco más de media hora por M-50
y la M-505 hasta El Escorial. Para ir a la silla, en
lugar de subir hacia San Lorenzo es mejor coger en dirección
al puerto de la Cruz Verde.
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