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“¡
Que frescos tengo hoy los tomates, oiga!” El mercadillo
de Pozuelo es un ir y venir de gente acostumbrada a los
gritos de los fruteros. “De calidad, oiga. Los
mejores tomates Raf, sólo calidad”, prosigue
el dueño de uno de los numerosos puestos de fruta
y verdura que pueblan el mercadillo que cada sábado
por la mañana se instala junto al Instituto San
Juan de la Cruz de Pozuelo Pueblo. “Tengo flor
de Navidad. Tengo flor de Navidad. Tengo flor de Navidad”,
repite hasta el agotamiento el dueño de un puesto
de flores que hace de despacho de bienvenida a quienes
acceden al mercadillo por la zona más próxima
al cementerio.
Algunos
comerciantes ambulantes se confiesan molestos con el
traslado del mercadillo realizado por el Ayuntamiento
hace un par de años. El de Pozuelo nunca ha tenido
ni la fama ni la afluencia de público que el de
Majadahonda, que funciona tanto los martes como los sábados,
pero cuando estaba junto al Camino de las Huertas nunca
había sitio para poner un puesto nuevo. Había
bastante público y, a decir de los comerciantes,
mucho negocio.
“
Mira, son las 12 y media y el público brilla por
su ausencia. Hago más negocio los miércoles
en San Martín de Valdeiglesias, que es un pueblecito
de 5.000 habitantes. Aquí no se hace nada por
darle categoría al mercadillo”, se queja
una mujer que tiene un puesto de ropa.
Es cierto que la afluencia es muy irregular. Algunos
días soleados hay poca gente e, inesperadamente,
mañanas con climatología adversa la cantidad
de clientes esperando turno es insufrible.
El de Pozuelo es esencialmente y al contrario que el
de Majadahonda un mercadillo de fruta. Pero, a decir
verdad, son media docena los puestos en los que hay que
coger número y esperar una hora porque los precios
merecen mucho la pena. “Sólo hay gente en
los cuatro puestos que tiran los precios. Prefieren vender
tres veces más género para ganar más
o menos lo mismo y tener el puesto lleno”, explica
sensiblemente contrariado un comerciante.

Pero también hay puestos de ropa, de flores, de
lencería, de menaje de cocina, de bebidas, antigüedades,
etc. “Este es un pueblo que dicen de dineros, pero
a la hora de comprar, si pueden, te regatean un euro”,
exclama otra vendedora disgustada por la ausencia de
clientela en una soleada y primaveral mañana de
sábado.
Es cierto que la actual ubicación del mercadillo
está más distante del Pueblo que la antigua
y que el barrio más próximo no tiene una
tradición tan larga de mercadillo. Pero el número
de plazas de aparcamiento es sensiblemente mayor. También
es verdad que no hay ninguna clase de promoción
sobre su existencia y que los nuevos vecinos de Pozuelo
pueden pasar años en el municipio sin saber dónde
y cuándo lo ponen.

Y, sin embargo, los puestos que no dan de sí ante
el alubión de clientes sólo tienen buenas
palabras para el cambio. “Perdona, no te puedo
atender hasta las dos. ¿Quién tiene el
92 letra D?”, responde a Mirador un vendedor saturado
por la demanda. Ya más tarde: “Mira, al
público hay que atraerlo con buen género
a precios económicos. No hay más”,
resume comenzando a recoger las numerosas cajas cuyo
producto descansa ya en las despensas de innumerables
pozueleros.
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