| En los últimos días de
noviembre se celebró el Día Mundial contra
la Violencia Doméstica. Se dieron a conocer muchos
datos y se pusieron en marcha algunas campañas
para concienciar a los ciudadanos de la importancia de
este problema tan relevante que limita la vida de miles
de mujeres en toda España y siega la de un centenar
de ellas cada año. La sociedad en su conjunto
parece estar concienciándose paso a paso. Sin
embargo, las personas que viven en entornos tranquilos
y prósperos, como puede ser nuestro municipio,
tienden a pensar en relación con estas cuestiones
que son cosas que suceden en barrios marginales, a gente
sin nivel cultural ni formación.
Se equivocan. La violencia doméstica habita en todos los grupos sociales
y todos los entornos de nuestro país porque es la herencia de un sistema
de valores impuesto a través de losiglos. En la edición que tiene
usted en sus manos le proporcionamos los datos de cuál es la situación
real de Pozuelo. Alrededor de una veintena de casos cada mes. Y sus protagonistas
son vecinos tan normales como usted o como yo. Tal vez incluso alguno de los
detenidos en el último mes por esta causa sea el amable vecino de la
puerta de enfrente de la suya.
Quizá nunca sospechamos que eso pudiera suceder en la casa de al lado.
Pero tal vez en más de una ocasión escuchamos algún grito
o vimos cómo la vecina se mostraba algo esquiva a hablar de determinadas
cosas. La respuesta habitual ante cualquier clase de sospecha eincluso la constatación
de que sucedía algo de esta naturaleza ha sido siempre la de dejar hacer
a las familias, considerando que las relaciones entre marido y mujer pertenecen
al ámbito doméstico.
Quienes así siguen pensando adoptan la actitud del avestruz: esconder
la cabeza e ignorar la gravedad de la agresión, en donde siempre hay un
agresor y una víctima. El problema añadido de estos casos es que
la mujer suele ser doble víctima: de la agresión física
o piscológica y de creerse culpable de lo que le está sucediendo.
Por eso necesita la ayuda de alguien para dar el paso y abandonar el círculo
del dolor y la autoinculpación. Una ayuda que puede llegar de las administraciones
y los servicios sociales, pero que necesita irremediablemente del apoyo personal
de la sociedad civil.
Somos el entorno más próximo a las personas que están sufriendo
quienes tenemos que dar el primer paso para mostrarle el camino a recorrer. Un
sendero que deben andar las víctimas, pero a las que tenemos que ofrecer
nuestro apoyo en los primeros pasos, que son siempre los más difíciles.
En esta sociedad en que el Estado es responsable de todo, no nos engañemos.
La lucha contra la violencia doméstica es asunto de todos.
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