
No llevan el pelo de punta ni de color rojo. No organizan
actividades culturales ni es para ellos una forma
alternativa de vida, pero en Pozuelo también
tenemos okupas. Personas sin hogar que utilizan viviendas
deshabitadas para vivir mientras encuentran la forma
de salir del bache o hallan otra vivienda en mejor
estado.
Solo que en Pozuelo, a diferencia de otros muchos
sitios, la presencia de okupas pasa más desapercibida.
Se han producido casos de personas que habitan chalets
desvencijados durante meses sin que los vecinos más
próximos sean conscientes de que alguien está viviendo
en ellos. Convivencia que en casos muy concretos se ha
prolongado durante años en la armonía de
quien no quiere saber qué sucede más allá de
las vallas de su terreno a no ser que se produzcan serias
e irritantes molestias por parte del okupa.
Ni que decir tiene que, al precio al que está el
metro cuadrado en Pozuelo, el okupa local parece una
especie en extinción. Hay empresas de captadores
cuya misión es encontrar un metro cuadrado edificable
para derribar lo que haya y construir en su lugar media
docena de chalets adosados.
Y, sin embargo, sigue habiendo viviendas o edificios
de considerable tamaño absolutamente abandonados.
Como el que aparece en la fotografía superior,
ubicado en la colonica de La Paz, en la zona del Pueblo
más próxima a la carretera de Majadahonda.
El grado de deterioro del inmueble es más que
palpable a través de la imagen y se observa incluso
la prueba de un incendio, muy probablemente provocado
por unos okupas temporales que trataban de protegerse
del frío.
Opinion
¿Un mercado en Pozuelo?
(II) por
María Llanos
En la columna anterior dejamos pendiente la respuesta
a la pregunta: ¿Por qué acudimos a los
centros comerciales? A mí se me ocurren las
siguientes razones:
Primera: Porque son “grandes”; vivimos
en una ciudad pequeña pero funcionalmente seguimos
dependiendo de una grande como es Madrid. Construimos
edificios grandes (como las torres de la antigua ciudad
deportiva del Real Madrid); nos gustan los coches grandes,
las casas grandes, las modelos publicitarias miden
por encima de 1,80… en fin, nos gusta “vivir
a lo grande”.
Segunda: Porque simbolizan la abundancia. Y para mucha
gente que ha conocido la escasez son templos del bienestar;
recuerdo a mi madre -que había pasado mucha
hambre en su juventud- mirando las repletas estanterías,
sin atreverse a coger nada.
Tercera: Porque, eliminando los límites cotidianos
de la realidad, nos hacen sentir omniscientes merecedores
del bienestar de una sociedad perfecta, en donde no
se escatima la energía ni los medios para que
el cliente se sienta importante.
Se podrían criticar las razones expuestas (algo
de esto ya se hizo en la columna anterior) pero no
estaría de más pensar el cómo,
cuándo, y dónde podrían plasmarse
los aspectos positivos en un tipo de comercio más
acorde con la tradición, y sobre todo con los
tiempos que nos aguardan a la vuelta de la esquina.
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