Pozuelo es en sí mismo un
jardín. La abundancia de aguas subterráneas,
de la que habla su nombre, la situación privilegiada
entre la Casa de Campo, los montes de Boadilla, el
Pilar y el del Pardo, así como el aire que nos
llega desde la Sierra, hacen de nuestro pueblo un auténtico
vergel. Además, la limitación de las
edificaciones a tres alturas, el tipo de urbanizaciones,
el gusto privado por el cuidado de árboles y
jardines, así como sucesivos gobiernos municipales
preocupados por este tema, han hecho de nuestro Pozuelo
un referente nacional, con premios y menciones, en
el cuidado de sus espacios verdes.
En el último tramo de la pasada legislatura, se
puso en marcha un gran proyecto: convertir el arroyo
de Las Cárcavas en un jardín. Era sorprendente
por varios motivos. El primero por su coste: casi 6 millones
de euros, mil millones de las queridas pesetas. En segundo
lugar, por su ubicación: no parece el lugar más
adecuado para un jardín, pues se trata de una
especie de torrente. El tercero por su diseño:
un jardín “de salón”, con altos
chorros y estanques, con abundancia de riegos por goteo
y especies foráneas.
Cuando se administra lo común, habría que
preguntarse ¿Asignamos estos recursos a la construcción
de este jardín o hay cosas más prioritarias
para el pueblo? Porque no se trata aquí de criticar
el jardín, sino la elección de este gasto
en lugar de otros y la repercusión de su coste
de mantenimiento en nuestros impuestos. ¿Qué otra
cosa habría hecho usted, en Pozuelo, con 1.000
millones de pesetas? ¿Necesitaban los vecinos
de Pozuelo este jardín? ¿Es sostenible
su diseño? ¿Cuánto nos va a costar
mantenerlo?
Cuando uno ve estos derroches de la administración
siempre se hace la famosa pregunta de los magistrados
romanos ‘Cui prodest?’ ¿A quién
beneficia? Porque ahora ya está hecho y lo que
nos toca es disfrutarlo, pagarlo y mantenerlo. ¿A
quién se lo debemos?
agomez@miradordepozuelo.com
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