Hace no muchos años, antes
de que existiese el Eje Pinar, la única carretera
que unía Pozuelo con Majadahonda soportaba un
tráfico muy intenso. Había una curva
que salvaba un arroyo. No parecía muy peligrosa,
pero era mortal. Los fines de semana se convertía
en la tumba de algún joven. Se le llamaba “la
curva de la rubia”. Gracias a Dios, ya no existe.
A pocos metros de donde estaba esa curva, hoy se enlaza
con la autopista M-40. La mala solución que se
dio originalmente al cruce, sólo permitía
la conexión con la circunvalación a los
coches que circulaban en sentido Majadahonda. Está demostrado
que, aunque no haya camino, si la necesidad existe, el
camino se crea: es la senda del elefante. Los coches
que circulaban en dirección a Pozuelo hacían
la trampa, giraban en el cambio de rasante y se incorporaban
a la M-40.
Alguien, con buen criterio, decidió que aquello
era demasiado peligroso y que había que arreglarlo.
Y se construyó una rotonda. La idea es que los
coches cambien allí de sentido. Hasta aquí todo
correcto. Sólo hay un problema: La rotonda está a
escasos metros del cambio de rasante. No se ve. Si vienes
de Majadahonda, pasas el cambio de rasante y te encuentras
con la rotonda, sin margen para reaccionar.
Desde el 1 de julio, cuando alguien comete una infracción,
se le retiran puntos y tras ellos el permiso de conducir.
Cuando se cambie el Código Penal, y alguien conduzca
bebido o sobrepase determinados límites de velocidad,
se le meterá en la cárcel. Y me pregunto: ¿Y
qué se le va a hacer a quién diseñe
mal una carretera, un cruce, o a quien no lo señalice
bien? ¿Quién perderá el carné de
hacer carreteras? ¿De quién será la
responsabilidad de la primera víctima? El día
que se inauguró, el mes pasado, ocho coches se
estrellaron en “la rotonda de la rubia”.
agomez@miradordepozuelo.com
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