Todo el mundo parece coincidir en que ganar es siempre
la opción más ventajosa en cualquier
competición en la que uno participe. Así,
ante unas elecciones, no cabe duda: siempre es mejor
ganar que perder.
Lo único malo de ganar unos comicios es que
después corresponde administrar los bienes públicos
de los votantes. E, indiscutiblemente, no se ejerce
de igual forma la labor de gobierno cuando la mayoría
ha sido justa o se ha requerido del apoyo de una segunda
fuerza política, como cuando, como es el caso
de Pozuelo, el partido vencedor goza de una holgada
diferencia para llevar adelante sus proyectos.
Cuando quien es elegido era ya el alcalde, como sucede
en la persona de Jesús Sepúlveda, los
resultados se deben interpretar también en clave
de respaldo electoral. Y los nacidos de las urnas de
este 27 de mayo nos dicen claramente que los vecinos
están mayoritariamente satisfechos con la línea
de trabajo realizada durante los últimos cuatro
años. No debemos olvidar que el anterior alcalde,
que también era del PP, sufrió algunos
serios varapalos cuando su gestión levantó más
malestar que satisfacción.
Hay en Pozuelo quienes aseguran tener la certeza de
que fuese quien fuese el candidato, el PP habría
ganado igualmente por mayoría absoluta. Y eso
habla muy mal de la opinión que esas personas
tienen de sus conciudadanos.
Es cierto que la base social de Pozuelo está compuesta
por gente que se define de centro derecha y eso les
hace más sencillo depositar la papeleta del
PP. Pero creo que nadie deberíamos tener duda
de que si nuestro alcalde hubiese realizado una mala
gestión durante los últimos cuatro años,
eso le habría pasado una seria factura en las
urnas que se usuaron el día 27.
A resultas de todo cabe deciresto: sea cual sea la
composición sociodemográfica de Pozuelo,
el resultado de las elecciones municipales del 2011
se comienza a escribir el 28 de mayo de 2007. Parece
obvio que no todos los días y no todos los actos
pesarán de la misma forma en la conciencia ciudadana
dentro de cuatro años. Pero, aún así,
la política, como casi todo, es un ejercicio
de trabajo diario. Desde el minuto uno al 90 de partido.
Sólo que dura cuatro años.
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