Hace unos meses, leía en una
revista un artículo de Ignacio Arellano. Hablaba
sobre “los males de la voluntad”. Describía
diez comportamientos patológicos aplicados a
la dirección de empresas.
En ese decálogo estamos todos reflejados: no pasar
a la acción, malos hábitos, impulsividad,
indecisión, rutina, inconstancia, obcecación,
desproporción, desmesura.
De entre los diez males de la voluntad, me llamó la
atención uno de ellos: Procrastinar. Nunca había
oído antes esa palabra, pero definía un
concepto muy claro: “Dilatar la ejecución
de las decisiones tomadas”.
He sabido hace poco que los responsables municipales
de Pozuelo retrasan nuevamente el comienzo de la remodelación
de la plaza del Padre Vallet. Recordé el concepto: “Dilatar
la ejecución de las decisiones tomadas”.
Probablemente existan razones de peso que justifiquen
un nuevo retraso. Posiblemente se hayan introducido
mejoras en el proyecto.
Pero hay tres cosas incuestionables. Una: nada ni nadie
obligó al equipo de gobierno a tomar la decisión
de poner en marcha este proyecto; dos: el equipo que
lo puso en marcha ya no lo podrá ejecutar, pues
hay unas elecciones municipales de por medio; y tres:
el equipo que gane las elecciones siempre podrá alegar
que éste no es su proyecto y estará legitimado
para modificarlo de nuevo.
Lo que no decía el artículo era la causa
de la procrastinación. El partido en el poder
ha ganado las últimas elecciones por mayoría
absoluta. Ganó del mismo modo todas las elecciones
anteriores. Seguramente volverá a ganar en las
próximas. Cuando se dan todas esas circunstancias,
la verdad, uno piensa que procrastinar no tiene mucho
sentido. ¿O si lo tiene?
agomez@miradordepozuelo.com
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