¡Dios mío, que solos se quedan los muertos!
decía el bueno de Bécquer. Estaba equivocado:
quienes se quedan solos son los viejos.
Todas las personas de bien nos sentimos mal cuando
una niña, como Alba, de quien tanto han hablado
los periódicos sufre malos tratos y la indignación
e incluso la ira contra la negligencia de las instituciones,
nos invade. Pero cuando una persona mayor se queda
sola, nadie o muy poca gente se preocupa de ella y
si esa persona mayor además de recursos económicos
suficientes vive de una forma anómala todos
nos desentendemos y decimos: ¡manías de
viejos!.
Seguro que, como en el caso de Alba, las instituciones
dirán ahora que no sabían nada o que
si lo sabían no pueden invadir la vida privada
de la gente ni coartar su libertad, que si nuestra
convecina quería vivir sola, sin más
compañía que la de sus gatos, no se le
podía impedir que lo hiciera. ¡Y razonando
así los responsables de las instituciones –civiles
y religiosas- se quedarán con la conciencia
tranquila! ¿Es qué sólo hay que
atender a quienes pasen por la oficina contando sus
penas? ¿Tan difícil es saber quienes
viven solos y como viven? Si los niños tienen
siempre una tutela familiar o judicial ¿por
qué no hacer lo mismo con ciertos ancianos?
No deja de ser una tristeza que en una villa como
la nuestra, la de mayor renta per cápita del Reino
de España, haya alguien que pueda morir sin
el consuelo de Dios ni de los hombres. Aquí,
los perros mueren mejor.
ddomene@miradordepozuelo.com
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