Cuando todos los ayuntamientos se
están empeñando en sacar lustre y cuidar
su patrimonio artístico, el de nuestro pueblo
parece que ha elegido como protagonista del suyo, únicamente,
todo lo que se va construyendo día a día,
que es lo que más patrimonio deja al fin y al
cabo, aunque éste sea recaudatorio.
A nuestra Cruz de la Atalaya, que ya tiene bastante
con estar escondida en un monte; pegada a la valla
de una
casa particular; al lado de un barrizal, y con una torre
de alta tensión cercana (¡que eso si que
es una cruz!), le han hecho como única rehabilitación,
el rodearla de una pequeña valla, queriéndola
proteger con ella no sabemos de qué peligros,
desoyendo las voces de quienes, no hace mucho, insinuaron
el adecentarla y trasladarla al centro del pueblo.
Posiblemente con esto se plantearía la duda de
si es preferible sacar los monumentos de su emplazamiento
inicial para colocarlos en lugares más céntricos
y accesibles, perdiendo con ello el sentido y el uso
que se les quiso dar en su día, pero, a cambio,
lograr su cuidado y mejor conocimiento; o respetar su
situación, intentando crearles un entorno similar
al que tenían, pero siempre, después de
haber realizado una rehabilitación lo más
completa posible y valorando lo mejor para su conservación.
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