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Tiempos extraños éstos en los que el mundo
del Circo parece no tener término medio. El devenir
de nuestra sociedad, el boom del entretenimiento, el
estrés imparable parecían indicarnos que
el espectáculo bajo una carpa no tenía
futuro. Los números de circo tenían que
transformarse o terminarían por desaparecer, habían
anticipado muchos.
Luego todo fueron elogios para los "nuevos circos".
La evolución de malabaristas, contorsionistas,
innovadores profesionales del arte de deslumbrar con
números diferentes, equilibristas varios: El
Cirque du Soleil. El gran espectáculo lleno
de glamour.
A nadie se le ocurrió reparar en los niños.
Los más pequeños no quieren un circo lejano
con bromas de adultos que no entienden y caretas de animales.
Quieren tener a un elefante a sólo unos pasos,
poder tocarlo; quieren trapecistas volando a metros
y metros de altura, quieren sentir el cercano rugido
del
tigre. Quieren, en definitiva, regresar a la esencia
del circo de siempre.

Y eso es lo que el Circo Roma ha vuelto a traer a Pozuelo.
Estuvieron ya a principios del año pasado y vuelven
ahora con un espectáculo renovado donde lo que
destaca es precisamente que se recupera la esencia más
tradicional de este mundo fantástico cubierto
por una lona. El Roma es especialmanete atractivo para
los niños porque se pone en escena dentro de una
carpa pequeña y circular, donde el asiento más
lejano está siempre más cerca de lo que
a los padres timoratos les gustaría.
Leones, tigres, leopardos, el elefante Nayma, los camellos,
los monos. Y, cómo no, payasos. ¡O es
que acaso se puede entender el mundo del circo sin
payasos!
Los responsables del Roma, que comenzó con sus
espectáculos en el recinto ferial del Camino de
las Huertas eldía 2 y se quedará hasta
el 19 para celebrar el día del Padre con una sesión
matinal, explicaron a Mirador que el año pasado
tuvieron una estupenda acogida en la localidad y que,
aunque han estado a principios de año instalados
en Aravaca, el espectáculo ha cambiado en un 70%
sin perder ni un ápice de su autenticidad. Y siempre
conservando el imprescindible diálogo y contacto
con los jóvenes espectadores.
Obviamente, muchas cosas han cambiando. Como la rapidez
con la que se monta y desmontan las gradas y la carpa.
Como si fuera un concierto de rock, decenas de trabajadores
esamblan las piezas metálicas con la precisión
de haberlo hecho tantas y tantas veces. Cuando tengan
que marcharse a otro sitio, otras pocas horas bastarán
para volver a subirlo todo a los camiones.

Al margen de las sesiones, las jaulas de los leones
y tigres y la proximidad del elefante y los camellos
a
las zonas de paseo del parque que hay junto a la plaza
de toros ha llevado a numerosos curiosos a acercarse
por el recinto. Es como un pequeño zoo doméstico,
pero mucho más cerca de casa.
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