Fue el brazo derecho del alcalde que rigió los
designios de Pozuelo en los expansivos 60. Nació en
Pozuelo hace casi 90 años y aquí ha vivido
la práctica totalidad de su longeva existencia.
Sus frescos recuerdos dibujan los años de la primera
modernización del municipio.

– Ahora ser primer teniente de alcalde es un puestazo.
–
Era el año 1958 cuando eligieron a mi amigo Vicente
Martín Bravo, buen alcalde y mejor persona. Nada
más saberlo se vino a casa y me dijo que le echase
una mano. Fui el segundo del Ayuntamiento hasta 1970
y en esos 12 años trajimos un montón de
servicios al pueblo y no cobré un sólo
duro de las arcas municipales.
–
A eso le llamo yo devoción.
–
Lo único que queríamos era sacar adelante
el municipio. Lo primero que hicimos fue iluminar
por las noches las principales calles.
–
Qué más...
–
Muchas cosas. Se construyeron colegios: uno en la plaza,
donde está hoy el club de jubilados; otro en Húmera,
en La Cabaña, en la Ciudad de los Ángeles.
–
Sí señor, la educación es esencial.
–
Teníamos 9 serenos, les compramos unos uniformes
y les hicimos un contrato.
–
El embrión de la Policía Municipal.
–
Conseguimos construir un colector para que las fábricas
de curtidos no se inundasen cada vez que llovía
torrencialmente.
– Ya veo, alcantarillado.
– Conseguimos que el Canal de Isabel II trajese el agua
corriente hasta Pozuelo.
–
Menos mal que aquí había muchos pozos (de
ahí el nombre del pueblo).
–
Creamos el servicio de recogida de basuras. Dos camiones
recorrían el pueblo y la trasladaban a un vertedero.
Fuimos a ver al alcalde de Madrid y nos proporcionó un
servicio que consistía en que una vez por semana
venían varios camiones grandes que se llevaban
nuestra basura a sus vertederos.
–
Todo eso no les dejaría tiempo para mucho.
–
Y se me olvidaba que fuimos nosotros los que instituimos
fiestas con seis días de toros. Hasta nuestra
llegada no había dinero más que para dos
días. Y todo eso por las tardes, porque por las
mañana tanto el alcalde como yo teníamos
que trabajar en lo nuestro. Yo lo hacía en un
banco en la carrera de San Jerónimo. Tenía
que ir a Madrid y volver cada día. Y le aseguro
que no era tan sencillo como ahora.
–
Los sesenta fueron los años del despegue económico
español.
–
Así es. Fue cuando se empezó a ver que
había dinero en el país y nosotros también
nos beneficiamos. Se notó que los veraneantes
eran más cada año. Aunque, no crea, también
pasamos nuestros apuros.
–¿
De qué tipo?
–
Algunos meses no teníamos fondos para pagar las
nóminas de los empleados municipales. Entonces
acudíamos a un señor que tenía mucho
dinero y él adelantaba las nóminas. Cuando
nos llegaban los fondos se le devolvía lo adelantado
y se le daban las gracias. Ese señor nunca
quiso publicidad.
–
No creo que nadie pudiera cubrir la nómina
municipal de ahora.
–¡
Ha cambiado todo tanto! ¿Ha visto el tanatorio
tan bonito que han hecho?
–
Sí, claro.
–
Cuando llegamos al Ayunta-miento el cementerio no tenía
paredes. Por allí pastaban las ovejas a sus anchas.
Las hicimos nuevas y ofrecimos algo de dignidad a los
muertos. Me hizo mucha ilusión ver el nuevo tanatorio
y me recordó a esas fechas en que rehicimos
el cementerio.
– No me ha mencionado
los servicios sanitarios.
–
Había dos médicos particulares. Uno en
el Pueblo y otro en la Estación. Cuando lo precisabas
te atendían y se pagaba. La sanidad gratuita llegó luego.
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