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01/07/2008

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ENRIQUE BENITO VERÓN, ex primer teniente alcalde de Pozuelo

"Trajimos un montón de servicios al pueblo"

Redacción

Fue el brazo derecho del alcalde que rigió los designios de Pozuelo en los expansivos 60. Nació en Pozuelo hace casi 90 años y aquí ha vivido la práctica totalidad de su longeva existencia. Sus frescos recuerdos dibujan los años de la primera modernización del municipio.


– Ahora ser primer teniente de alcalde es un puestazo
.
– Era el año 1958 cuando eligieron a mi amigo Vicente Martín Bravo, buen alcalde y mejor persona. Nada más saberlo se vino a casa y me dijo que le echase una mano. Fui el segundo del Ayuntamiento hasta 1970 y en esos 12 años trajimos un montón de servicios al pueblo y no cobré un sólo duro de las arcas municipales.
– A eso le llamo yo devoción.
– Lo único que queríamos era sacar adelante el municipio. Lo primero que hicimos fue iluminar por las noches las principales calles.
– Qué más...
– Muchas cosas. Se construyeron colegios: uno en la plaza, donde está hoy el club de jubilados; otro en Húmera, en La Cabaña, en la Ciudad de los Ángeles.
– Sí señor, la educación es esencial.
– Teníamos 9 serenos, les compramos unos uniformes y les hicimos un contrato.
– El embrión de la Policía Municipal.
– Conseguimos construir un colector para que las fábricas de curtidos no se inundasen cada vez que llovía torrencialmente.
– Ya veo, alcantarillado.
– Conseguimos que el Canal de Isabel II trajese el agua corriente hasta Pozuelo.
– Menos mal que aquí había muchos pozos (de ahí el nombre del pueblo).
– Creamos el servicio de recogida de basuras. Dos camiones recorrían el pueblo y la trasladaban a un vertedero. Fuimos a ver al alcalde de Madrid y nos proporcionó un servicio que consistía en que una vez por semana venían varios camiones grandes que se llevaban nuestra basura a sus vertederos.
– Todo eso no les dejaría tiempo para mucho.
– Y se me olvidaba que fuimos nosotros los que instituimos fiestas con seis días de toros. Hasta nuestra llegada no había dinero más que para dos días. Y todo eso por las tardes, porque por las mañana tanto el alcalde como yo teníamos que trabajar en lo nuestro. Yo lo hacía en un banco en la carrera de San Jerónimo. Tenía que ir a Madrid y volver cada día. Y le aseguro que no era tan sencillo como ahora.
– Los sesenta fueron los años del despegue económico español.
– Así es. Fue cuando se empezó a ver que había dinero en el país y nosotros también nos beneficiamos. Se notó que los veraneantes eran más cada año. Aunque, no crea, también pasamos nuestros apuros.
–¿ De qué tipo?
– Algunos meses no teníamos fondos para pagar las nóminas de los empleados municipales. Entonces acudíamos a un señor que tenía mucho dinero y él adelantaba las nóminas. Cuando nos llegaban los fondos se le devolvía lo adelantado y se le daban las gracias. Ese señor nunca quiso publicidad.
– No creo que nadie pudiera cubrir la nómina municipal de ahora.
–¡ Ha cambiado todo tanto! ¿Ha visto el tanatorio tan bonito que han hecho?
– Sí, claro.
– Cuando llegamos al Ayunta-miento el cementerio no tenía paredes. Por allí pastaban las ovejas a sus anchas. Las hicimos nuevas y ofrecimos algo de dignidad a los muertos. Me hizo mucha ilusión ver el nuevo tanatorio y me recordó a esas fechas en que rehicimos el cementerio.
– No me ha mencionado los servicios sanitarios.
– Había dos médicos particulares. Uno en el Pueblo y otro en la Estación. Cuando lo precisabas te atendían y se pagaba. La sanidad gratuita llegó luego.

 

 

 

 
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