A finales de enero fallecía en Madrid, silenciosamente,
don Fernando Higueras Díaz quien en sus más
de ochenta años de vida nunca calló ante
la estulticia y las falsas apariencias.

No sabemos, no sé, si murió rodeado de su nieta Lola, su biznieta
Jimena y su perro Lorenzo tal como decía la esquela que con su nombre
hizo publicar el año 2005 en el diario LA RAZÓN pero de lo que
sí estamos seguros es que lo hizo –y no es una boutade- en contra
de su voluntad. Para él la vida era todo menos un valle de lágrimas.
No creemos que sea necesario recordar al común de los convecinos que Fernando
Higueras fue el arquitecto que levantó en nuestro pueblo la iglesia de
Santa María de Caná, la llamada catedral de Pozuelo, de la que
tanto nos vanagloriamos y que se ha convertido en el símbolo, la imagen
del Pozuelo moderno. Acaso por ello el Ayuntamiento debiera mostrarle algún
tipo de reconocimiento ¿dar su nombre a la plaza que hay delante de dicha
iglesia?. También sería de justicia que en esa iglesia, su última
gran obra, se pusiese una placa o algo similar que recordase permanentemente
quien fue el autor.
La ingente y brillante obra de Fernando Higueras puede
ser consultada en Internet. Objetivamente, nadie
puede negarle su indiscutible valor. Otra cosa es
que se
le quiera juzgar por sus palabras.
Hay quien dice que era un ácrata y un lenguaraz. Tal vez; pero cuando
hablaba de sus colegas (las críticas que hizo a alguno de ellos fueron
feroces) o de cualquier tema divino o humano, si eliminábamos la exuberancia
y la hojarasca al final veíamos que casi siempre tenía razón.
Y además, como todo el mundo sabía como era Higueras tales palabras
se tomaban como una más de sus originalidades.
A quienes, al margen de haber tenido el honor de ser
sus amigos, buscamos la justicia y la verdad nos
parece una falta de rigor condenarlo por esos excesos
verbales. Fernando Higueras era un genio, el mejor arquitecto de la llamada generación
del 59, y uno de los diez arquitectos esenciales de la segunda mitad del siglo
XX en España. A los artistas, y Fernando lo era en su más amplio
contenido: arquitecto, pintor, músico,... se les debe juzgar por sus obras
y no por sus palabras; lo que a la hora de la verdad va a quedar de cada uno
de nosotros es la obra bien hecha como dijera Eugenio d´Ors y no la incontinencia
verbal. Si aplicáramos este último criterio como supremo elemento
de valoración tendríamos que eliminar de los libros a la casi totalidad
de los grandes creadores.
Seguro que Dios habrá acogido con regocijo en su casa celestial a quien
le hizo aquí una hermosa casa terrenal cual es la iglesia de Santa María
de Caná. Que allá donde esté no descanse y que siga incordiando
e incluso escandalizando a lo pacatos y bien hablados.
Fernando: allá donde estés un fuerte abrazo y el recuerdo imperecedero
de tus admiradores.
ddomene@miradordepozuelo.com
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