Procede, en primer lugar, felicitarles
el año porque siempre viene cargado de buenos
y nuevos propósitos por parte de todos.
Es éste un momento estupendo para retomar buenas
actitudes y recuperar aquella vieja idea o proyecto que
siempre tuvimos en mente pero que, por unos u otros motivos,
nunca llegamos a realizar.
Abusando del privilegio que me otorga esta tribuna
mensual, les contaré que mi anhelado proyecto es persuadir
a quien corresponda de que merece la pena emplear tiempo
en devolver a los vecinos de Pozuelo lo que siendo suyo
les ha sido usurpado. Y es que existe en este pueblo
que presume de contar con un elevado índice de
formación la extraña práctica de
agrandar el jardín tomando para ello varios metros
de terreno público.
No son ni diez ni veinte los vecinos que han decidido
que el bien común comienza por ayudarse uno a
sí mismo y, ni cortos ni perezosos, han agrandado
su terreno con la sencilla técnica de vallarlo
para su aprovechamiento familiar. La pasividad de quienes
en tantas ocasiones desempañaban la tarea de vigilancia
y la de quienes les han sucedido ha permitido que esos
vecinos que expropiaron al municipio crean que ese terreno
ya es suyo.
Son las mismas personas que se indignan cuando leen
sobre la existencia del movimiento okupa. Ese grupo
de personas
que defienden la idea de que las propiedades inmobiliarias
que nadie utiliza pueden ser usurpadas por la fuerza
y utilizadas para el bien común.
Y se indignan porque no se identifican con ellos. Creen
esos residentes cuyo jardín ha crecido a costa
de los demás que la ocupación de terrenos
públicos no es comparable a la invasión
de una propiedad privada. Pero no reparan en que el terreno
público también tiene propietarios. En
este caso concreto, todos los vecinos de Pozuelo somos
los dueños de parques, isletas, aceras, barrizales
olvidados y demás metros cuadrados inscritos en
el registro de la propiedad a nombre del Ayuntamiento
de Pozuelo. Cuando esos señores ocupan unos metros
de terrenos públicos nos los están quitando
a todos los demás. Así de sencillo.
Y quien o quienes, teniendo atribuidas las competencias
para prestar vigilancia a estos y otros comportamientos
contrarios a la normativa, no hacen nada por evitar que
siga sucediendo obran de forma análoga al policía
que conociendo la existencia de un robo y la identidad
de su autor prefiere mirar a otra parte. Es más
cómodo fingir que se ignoran los malos comportamientos,
pero al policía le pagamos para que evite que
eso suceda y para que, cuando ha sucedido, aplique la
ley y ponga a los delincuentes a disposición de
los jueces. Les exigimos, como a todos nosotros, sencillamente,
que cumplan con su obligación.
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